Resumen del artículo: Escritura, terapia e historias de vida en una comunidad de aprendizaje

 

Elena Fernández,  Nora Rentería, Sylvia Jiménez, Vanessa Manassero, María Lucía Vélez, Concepción Robles, Alejandra Proaño, Carmen Manzano, Mariona Tarragona, y Ana Lourdes Reyes, Escritura, terapia e historias de vida en una comunidad de aprendizaje, Diplomado de Psicología Positiva y Escritura Expresiva desde la Postura Colaborativa, Grupo Campos Elíseos, 2012.

 

Escritura, terapia e historias de vida en una comunidad de aprendizaje

 

Uno de los resultados de las experiencias del grupo de los miércoles es la escritura polifónica. A continuación presentamos un ejercicio que trata acerca de la experiencia personal con la escritura a partir de diversas voces y estilos.

Elena Fernández

Desde hace varios años, junto con Vanessa Manassero y más recientemente con Nora Rentería, nos reunimos una tarde a la semana para investigar, aprender-enseñar y poner en práctica la escritura expresiva bajo el paraguas de la terapia colaborativa, la psicología positiva y la terapia narrativa. Hemos encontrado en la escritura una herramienta de reflexión para terapeutas, abogados, artistas plásticos, maestros y otros miembros del grupo.

      Las ideas de James Pennebaker, Peggy Penn, Michael White, Margarita Tarragona y Harlene Anderson son pretextos para escribir e invitar a pensar en las palabras de una forma positiva. Pennebaker (1994), al estudiar el impacto de la escritura expresiva en la salud física y emocional, demostró los beneficios de escribir durante veinte minutos y durante un lapso de cuatro días, acerca de los pensamientos y emociones más profundas sobre un aspecto traumático o doloroso de nuestras vidas.  Peggy Penn (1994), una promotora intelectual de GCE, creó una plataforma para la escritura terapéutica que contiene sus artículos sobre las múltiples voces que nos habitan. Enseña cómo rescatarlas a través de lo escrito, incluso cuando esas voces pertenecen a personas que ya no están en nuestras vidas. Michael White (1995) afirma que la esencia se desvanece y las acciones se subrayan, e invita a engrosar, a enriquecer la narrativa sobre quiénes somos, utilizando documentos escritos, diplomas lúdicos y el intercambio de cartas. Margarita Tarragona nos invita a pensar en las palabras de una forma positiva, es decir, desde la gratitud y la reflexión. Harlene Anderson (2000) sugiere la colaboración y la polifonía como una filosofía a través de la cual permear los espacios colectivos.

La Escritura en Grupo

Nora Rentería

He recorrido diferentes métodos de trabajo grupal: psicodinámicos, operativos, multi-familiares y socio-construccionistas. La experiencia grupal, al ser una audiencia para los procesos ajenos, nos induce a reflexionar en los propios y permiten generar una red de ecos. La escritura en grupo es un entramado de experiencias individuales que se entrecruza con temas similares en historias diferentes. Acá se promueve una auto-definición en conexión con los otros participantes, se confirma el conocimiento como un proceso que se da en la interacción social, así como el  “lenguajear” (Maturana, 1993). Como facilitadora del proceso grupal en el diplomado planteo ciertas reflexiones. ¿Qué posibilita la escucha atenta en el grupo? ¿Será que para escribir necesito primero escucharme? ¿Me doy el espacio, el tiempo y el silencio para hacerlo? ¿Qué se necesita estar dispuesto a dejar para aventurarse en la escritura? ¿Es enfrentarse a tener una relación diferente con uno mismo? ¿En quién nos transformamos al escribir? ¿En un autor, un plagiario, un creativo, un soñador, un constructor de historias, o bien como diría Jorge Volpi, en un creador de ficciones? Escribir es poner a los otros internalizados a dialogar, a jugar, a hacerse visibles (Penn, 2005). Las re-lecturas y re-escrituras nos cambian; en la lectura leemos lo que se ve, presiente, e intuye,  pero queda también lo enmascarado, o como diría White (1995) lo ausente pero implícito. Lo que el lector complete ya no está en nuestras manos. Nuestro escrito deja de ser el dueño de una idea para abrirse a la multiplicidad, a la incertidumbre (Volpi, 2011). Cuando leemos se entabla un diálogo con el autor, se cotejan ideas y opiniones propias, se mantiene un diálogo con lo escrito. Ser audiencia es una experiencia de ir y venir con uno mismo, es un aventurarse constante, y es también tomar consciencia de que los significados se despliegan en el proceso mismo de escuchar, leer y escribir. Escuchar las historias escritas de  otros los convierte personas entrañables. Se encuentran metáforas que dan vida a las imágenes de cada participante, me remite a sus contextos, me dan más de lo que un encuentro sin texto podría darme. Han quedado por ejemplo, el rescate de las tortugas, los bálsamos y aromas de mamá en el clóset, los viajes en carretera, y los barcos navegantes en museos. Escuchar los diferentes textos es descubrir nuevas formas de ver situaciones, el detalle olvidado, celebrar lo común.

Esculpir palabras

Silvia Jiménez Coronel

Escribo escuchando alguna de mis voces, no importa cuál, si soy yo o son ellas, si son recientes o ancestrales. Lo que importa es cómo se deslizan en el pensamiento, de qué manera surgen las palabras escondidas entre los dientes hasta que se vuelven letras en la mano. Con ellas  construyo  alivios que navegan por el tiempo. Las palabras se trasforman, cientos de formas ocupan espacios en la mente, a veces las escucho con la  piel, se deshacen en la boca y  se vuelven océanos en mis ojos.

                  Escribir es moldear sentimientos, esculpir recuerdos deteriorados por el tiempo, es una lengua que se trasforma en mano desenredando temores ocultos entre los dedos, desatando líneas de ondulantes trazos que  abren caminos desconocidos o antes rechazados. El  papel es un elemento nuevo, un material que me define como me definen el metal, la piedra o la tela. En el papel construyo también esculturas con palabras que desprenden mensajes ocultos de palomas lejanas y descubro, cuando leo, misteriosas cartas mías de seres queridos que ya no están, que quieren decirme cosas que no sabía o no quería saber. Cuando me leo, todo se vuelve tan claro que puedo beber las letras sin que me sepan a lágrimas.

                  Escribir es desafiar al mar, provocar tormentas  y aguas en aparente calma, vencer el miedo y  la vergüenza,  navegar en solitario o compartir la experiencia en libertad para reescribir o destruir  lo que yo quiera y, cuando termine el viaje, desembarcar en un puerto seguro donde siempre me encuentro a mí misma.

Del escribir y compartir

Vanessa Manassero Baeza

Cada tipo de escritura tiene como resultado la reflexión y es terapéutica. Este efecto se ha manifestado en mí y en la relación con mis clientes en al menos de tres maneras: En cómo los ejercicios me permiten ver desde otros ángulos algunos temas de mi vida personal; en el compartir de mis escritos con clientes; y en la reflexión de algunos temas al construir cuentos. Escribir no es difícil, todos lo hacemos, pero hacerlo con intención de ser leída me compromete con lo que escribo. En el grupo hay libertad de abrir el contenido o solamente reflexionar sobre el proceso. El detonador de la escritura puede ser una pregunta relacionada con nuestra revisión teórica, una frase o un objeto. Un ejercicio que se quedó en mi memoria iniciaba con la frase: “Escucho el timbre de mi puerta a las dos de la mañana y todo cambia.” Pensé en miedos, y observé que mi mente tiende a ir rápidamente hacia lo negativo. En la escritura reflexioné sobre la palabra “cambia” y narré algo distinto, desde la expectativa de recibir una extraordinaria noticia.  También escribimos como equipo. Una clienta solicitó ideas para apoyar a su hija quien atravesaba por una situación difícil y vivía lejos. En el equipo reflexivo, cada participante aportó frases o pequeñas cartas a mi clienta, a su hija y a sus nietos. Posteriormente, mi clienta las compartió con su hija por video conferencia, quien dijo fue una buena experiencia leer y guardar los textos.

      En el grupo me he dado la oportunidad de plasmar mis ideas en papel a manera de cuentos. Isaac Asimov me inspira a tomar temas del contexto terapéutico y, a partir del mundo fantástico, reflexionar sobre conflictos, dolores, e intenciones. Estos “cuentos reflexivos” son muy sensibles a la autocensura y autocrítica. Sin embargo, el grupo ha sido un facilitador. Me escuchan, y colaboran conmigo. En ocasiones comparto mi escritura con clientes.  Mi cuento, “El regalo”, con una clienta. Reflexiona sobre el duelo y trata acerca de mi experiencia de pérdida con la muerte de mi madre. Ella me agradeció compartir algo de mi historia y “ser importante para ti como para que me permitas leer algo que tú escribiste”. Me contó cuán útil le fue leerlo porque le generó algunas ideas, pero, más aún, por reconocer un sentimiento similar a algunas de sus experiencias. Cuando compartimos los escritos somos más vulnerables pero al mismo tiempo nos damos la oportunidad de escuchar otras voces, otras experiencias. Esto me hace valorar la experiencia de escribir.

Como emigran las ideas y nos llevan al mundo de la escritura

María Lucía Vélez

En el 2007, un grupo de colegas y yo tuvimos la oportunidad de asistir al Instituto de Verano que todos los años organiza Grupo Campos Elíseos. Escucharla hablar sobre la postura colaborativa es un privilegio, y ya sabíamos de ella gracias al posgrado realizado en terapia sistémica. Al regresar a Bogotá, quedamos todas interesadas en profundizar las ideas de la terapia colaborativa. Nos impactaron la postura de respeto hacia el cliente, la importancia de los diálogos que se construyen con los otros, el aceptar que el cliente es el experto en su vida y como, a partir de esto, la persona es quien decide de qué se habla en la terapia. En estos espacios de diálogo es donde se construyen, con el otro, las soluciones.

      Llegué a la ciudad de México por cuestiones de trabajo de mi esposo y me inscribí en el Diplomado de Escritura. En uno de mis regresos a Bogotá, mis colegas me preguntaron cuáles eran mis aprendizajes del curso que realizaba. Entre las ideas que compartí con ellas están: el acercamiento a la psicología positiva a través de La hipótesis de la felicidad de Jonathan Haidt (2006); el proceso de reflexión a través del cual las personas logran conocer sus fortalezas y debilidades, lo cual les permite manejar las situaciones que se presentan; y lo enriquecedor que era encontrarme de nuevo con la escritura. Yo utilizaba esta herramienta como forma de compartir conmigo misma el proceso de adaptación -aprendizajes, miedos, tristezas- al descubrir una nueva ciudad. En la escritura, emociones y pensamientos fluían como cascada, lo cual me permitió clarificar y ponderar muchas, así como también planear y organizar mis objetivos para mi vida profesional. A través de Skype y cuando regreso a Bogotá, sigo en contacto con mi grupo de estudio. Transmitirles el interés y fascinación que surgieron con la escritura me sirvió para contagiarlas de este entusiasmo; y al hablar de lo útil que es escribir, las animé para que empezaran a hacerlo. Pensamos que sería muy interesante que escriban sobre las actividades del grupo de Colombia, lo cual en un futuro podría motivarlas a elaborar un artículo sobre la maravillosa experiencia que hemos vivido durante más de cuatro años como grupo de estudio.

 

Historia de un idilio. Escribir como terapia

Concepción Robles de Quiroz

El encuentro entre James Pennebaker y yo fue mágico: Elena Fernández lo puso en mis manos y desde entonces, me he dado la oportunidad de escribir mi historia. He tenido un reencuentro con muchas voces de mí misma que estaban un poco empolvadas, y a muchos recuerdos les he podido dar un nuevo significado. Decidir compartir a Pennebaker con amigos, clientes, y sobre todo, con mis colegas en el patronato de la Secretaría de Seguridad Pública. Para mis clientes de consulta privada escribir como una forma de terapia ha tenido muy buenos resultados. Ellos han logrado lo señalado por Peggy Penn (2008): “múltiples re–estructuraciones, cambios de tiempos, la inclusión de otros puntos de vista, el ordenamiento de párrafos…ideas que se vuelven en sí mismas” Algunos colegas del patronato pensaron que los métodos terapéuticos de Pennebaker podrían no ser aceptados por muchos usuarios de la Secretaría por su limitada preparación académica. Sin embargo y para sorpresa del grupo, hemos encontrado en un gran número de casos una forma natural y espontánea de expresarse. La colega María del Carmen comparte su experiencia: “El quehacer diario ha mostrado los avances que se logran con esta técnica. No es fácil volver a escribir sucesos dolorosos. Hacerlo permite reconocerse y aceptarse de otra forma, cerrar círculos de vida. Hay situaciones que no se corrigen pero pueden dejarse atrás como parte de historia de vida”  Otra terapeuta, Evangelina, opina: “La experiencia terapéutica de la escritura es mágica. En momentos difíciles me ha resultado benéfico y catártico; disminuye mi tristeza. He compartido con algunos clientes el ejercicio de escribir. Ellos se dan cuenta de los beneficios que obtienen.” (Evangelina Iturbe). Cierro los testimoniales con el escrito de Noé:  “las funciones de escribir en terapia dentro del consultorio son  facilitar el insight del paciente, ofrecer mayores elementos que integren al paciente dentro de un ámbito (sistema de creencias, vivencias, intereses, etc.), además de facilitar la solución de un problema. Leer el escrito de un paciente me permite entrar a su mundo y nos brinda su confianza, por lo que es importante respetar siempre su trabajo. Los varios testimonios de colegas acerca de sus experiencias con la escritura muestran que independientemente de la orientación teórica del terapeuta, los beneficios de la escritura son evidencia constante.

 

Entre la literatura y la terapia

Alejandra Proaño

Pensamos escribiendo y escribimos nuestras vidas mientras conversamos.  En permanente contacto con las fuerzas del tiempo, escritura y conversación, memoria escrita y oral, son dos tradiciones que han permeado la historia de la humanidad. Las letras y la psicología sostienen un amorío inmemorial, y así como ficción e identidad, están atados a la construcción del ser humano. Pero, ¿cuáles son las diferencias entre escritura literaria y terapéutica? ¿Cuándo coinciden la escritura creativa con la escritura terapéutica? Desde el enfoque experimental, merecen especial atención los resultados de Pennebaker (1994), quien asegura que la escritura refleja el nivel de pensamiento mediante su capacidad de reflexión, la amplitud de su perspectiva, y la habilidad para percibir las emociones contenidas. El autor señala que hay escrituras que no aportan al proceso terapéutico, como la escritura “rumiante”, que repite las mismas ideas, y la escritura “evasiva”, que desatiende la solución de un conflicto que podría ser resuelto. Durante ocho meses coordiné un Taller de Escritura Terapéutica en el Centro de Integración Juvenil (CIJ).  Las personas manifestaron luego de cada sesión que los ejercicios fueron útiles, y se sentían seguros y escuchados. El Taller brindó un espacio de distención en donde se desarrolló la habilidad de la escritura, y permitió identificar puntos claves a trabajar en el proceso terapéutico. Sin aclarar aún la diferencia entre escritura literaria y terapéutica, llevé esta discusión a un espacio en donde participaron personas dedicadas a la escritura literaria. Durante dos mañanas, y en el marco de un festival de poesía, conformé un Taller de Escritura Terapéutica. Comprendí entonces que pueden existir escrituras más o menos literarias, pero la diferencia substancial entre escritura literaria y terapéutica es la intención y el espacio en el cual se comparten. Cuando el propósito es escribir literatura, el censor suele ser altamente crítico ya que trae consigo el peso de toda una tradición literaria; sin embargo, para los fines de la escritura terapéutica, “el crítico literario” tiene poco valor. La intención terapéutica flexibiliza la postura de la censura, y el énfasis en la lectura de un texto terapéutico se concentra no en su formalidad literaria sino en el contenido y las voces que componen la narración.

Revivir y re-significar a través de la escritura

Carmen Manzano

Encontré alrededor de una mesa cuadrada las piezas que  me permitieron cuadrar y combinar mi práctica profesional con  mi vida personal. Entre mis mejores amigos se encuentran un cuaderno y una pluma.  Me recuerdo con mi uniforme de preescolar a rayitas rojas y blancas. Entrar a la Papelería Lulú me producía una inolvidable sensación de bienestar, había un olor que era mejor que cualquier perfume.  En aquel tiempo, otro de los propósitos de mi escritura  era transmitir pensamientos, deseos, emociones y sentimientos; lo hacía escribiendo recaditos a mis papás, hermanos y amigas. Al escribir esto descubro la raíz de mi seducción por los “Post it” de diferentes colores, tamaños y formas. Recuerdo mi primer diario: blanco con marco dorado, de forma rectangular y páginas en tonos  pastel, se convirtió en mi mejor amigo. El diario no me contestaba pero era el depositario de todos mis secretos, nunca me defraudó.       Escribir me hace recordar y revivir; escribir trae consigo sabores y olores dulces, y en ocasiones los recuerdos y vivencias se hacen acompañar de sensaciones amargas y dolorosas. En septiembre de 2009 acepté la invitación de GCE para asistir a la presentación de un diplomado sobre escritura y terapia. ¡Escritura y terapia! Dos palabras que han resonado en mi vida desde siempre. Descubrí que sería una experiencia de vida o como un viaje hacia las profundidades de mí ser a través de la escritura. La pluma y el papel serían el vehículo y el descubrimiento, la meta. Conocí a James Pennebaker, Martin Seligman, Robert Emmons, Lars Svendsen, Mihali Csikszentmihalyi, entre otros. Y aún más, fui acogida por un grupo de personas extraordinarias que llevan varios años escribiendo  -y no sólo escribiendo- reunidas alrededor de una mesa cuadrada.

      Lo que yo venía haciendo desde pequeña -escribir mis más honestos y profundos sentimientos-,  tenía un efecto positivo en mi sensación subjetiva de bienestar.  Y aún así, cada miércoles descubro algo: El primer día del diplomado,  escribimos acerca de cómo nos gustaría ser recordados.  Esta simple tarea fue un parte aguas en mi vida.  El segundo ejercicio consistió en buscar mi fuente de inspiración para escribir, mi helicón personal. Fue impactante encontrar que mis musas eran la tristeza y la soledad. Ahora me permito recuperar y recrear documentos de mi historia; desde la niña que escribía en papelitos de colores hasta la mujer que es hija, hermana, amiga, esposa, madre,  abuela y terapeuta. Escribo para curar, para curarme, para recordar, para revivir y para dejar ir, para reír y llorar, para comunicar y comunicarme. ¡Escribo para vivir!

La escritura y una nueva mirada hacia la vida

Mariona Tarragona

En el Diplomado confirmé lo que intuía: escribir sobre los enojos, miedos y angustias nos ayuda a tener un mejor conocimiento de nosotros mismos y un mayor control sobre las emociones negativas. Analizamos autores como Barbara Fredrickson (2009), quien comprueba científicamente la repercusión de las emociones positivas en la salud tanto física como mental y James Pennebaker (1994), experto en la  influencia positiva de la escritura sobre las emociones perturbadoras. Segura de los beneficios de mis aprendizajes, animo a escribir a  mis tutorados, que se acercan por problemas escolares, familiares o emocionales. He logrado que muchos de ellos escriban y se sorprendan con el resultado. Una de mis tutoradas más asiduas es Camila, tiene 22 años y cursa el octavo semestre de la universidad. Su madre había muerto cuando ella tenía dos años y su padre, al no saber cómo asumir la responsabilidad de una niña tan pequeña, la dejó al cuidado de su tía, casada y con dos hijas. Sus tíos son buenos con ella, pero Camila nunca se ha sentido en su casa e intenta estar el mayor tiempo posible en un cuarto que su papá le construyó en el patio de la casa. Aunque se lleva bien con su prima mayor, siente mucho resentimiento y casi odio hacia la menor, describiéndola como “una niña mimada, que no le da importancia a tener una casa y una  familia, y que no tiene  problemas económicos”. Le sugerí que escribiera, como dice Pennebaker, quince minutos diarios sobre lo que le preocupara, sin atender demasiado la redacción y ortografía, o mejor aún, que tratara de escribir sobre ella misma, que se describiera. Anotó  que estaba orgullosa de ser una buena alumna. Sobre su familia y su casa, escribió que se había dado cuenta de que ese cuartito es su casa, y que los tíos y respetan su lugar, aunque la prima menor es una “metiche”. Luego describió las emociones negativas hacia “la prima insoportable”. Y luego, “escribiendo como si fuera ella”  descubrió que estaba prejuzgando a su prima. Camila tiene hoy otras miradas hacia su propia vida, se valora más a sí misma y se ha acercado más a su familia. En voz de Camila: “…gracias a la escritura me ha sido más fácil entender tantas cosas, porque me hace concientizar lo que pienso con lo que en realidad es y antes no quería ver… Escribir me permite organizar mis ideas y esquematizar lo que quiero decir y cómo lo quiero decir, tanto en mi vida personal como escolar… Me ayuda a desahogarme y me ha dado la oportunidad de expresarme más y conocer a otras personas y de cómo soy yo en realidad.”

Escribir para generar polifonía

Ana Lourdes Reyes Murga

Empecé a escribir hace más de tres años en el grupo de los miércoles. Elena nos pidió que elaboráramos  un escrito para llevarlo a clase y un profesional de la escritura nos corregiría. Al momento de elegir el tema, recordé que años antes había escrito episodios dolorosos de mi niñez y redacté cuatro cuartillas. Llegó el día de la clase y según las instrucciones, llevaba copias para todos mis compañeros. Estaba preparada para compartir la historia que había desarrollado, esperando que mis preclaros colegas me ayudaran a descubrir los motivos de mis debilidades e imperfecciones. Esperé con angustia mi turno de leer en voz alta, y para mi asombro la narración provocaba risa. Las experiencias que compartí generaron emociones diferentes en los escuchas. Cada quien elabora una historia a partir de lo que se oye o lee. Ahora sé que yo misma al escribir, creo una narración alternativa de mi historia de vida, enfoco conscientemente un recuerdo para que pase a ser escena principal, y dejo otros como parte del telón de la historia.

      Aquella noche descubrí que podía compartir lo que escribía. Un primer escrito narra el recuerdo de mi padre, quien me contestó de inmediato, profundamente emocionado. El escrito ayudó a reconstruir nuestra relación. Tener a mi papá nuevamente es quizá el mejor regalo que he recibido en la vida, sobre todo al recuperarlo por una relación epistolar. Repetí la experiencia con resultados similares. Leer otras perspectivas de un mismo evento ratifica la subjetividad de la realidad. Mi papá espera los escritos con entusiasmo, y gracias a lo que escribo seguimos construyendo nuestra vida en común. En otra ocasión escribí sobre mis abuelos y compartí el escrito con mis primos, gracias a lo cual mi prima menor amplió las ideas sobre sus ancestros y su familia. Compartí con un amigo un escrito sobre Acapulco en los años setenta. Él respondió haciendo su propio cuento a partir del mío. Las narraciones nos permiten coincidir en un tiempo y un espacio ficticios, pero en alguna forma real. Ratifico el supuesto con el que comencé a escribir, la escritura es terapéutica, pero de manera más amplia que la sospechada: desde la diversión, la creatividad, la concentración y el fluir.

Referencias

 

Anderson, H. (2000). Conversación, lenguaje y posibilidades. Un enfoque posmoderno de la terapia. Buenos Aires: Amorrortu.

Fredrickson, B. (2009).Vida Positiva: Cómo superar las emociones negativas y prosperar. Bogotá, Grupo Editorial Norma.

Haidt, J. (2006).  La hipótesis de la felicidad. Barcelona: Gedisa.

Maturana, H.R. (1993).  Desde la Biología a la Psicología. Viña del Mar: Synthesis.

Penn, P., & Frankfurt, M. (1994). Creating a participant text: Writing, multiple Voices, narrative multiplicity. Family Process. 33, 217-231.

Pennebaker, J.W. (1994). El arte de confiar en los demás. Madrid: Alianza Editorial.

Volpi J. (2011). Leer la mente. El cerebro y el arte de la ficción. México: Alfaguara.

White M. (1995). Reescribir la vida: entrevistas y ensayos. Barcelona: Gedisa.

 Links a los demás artículos:

 http://grupocamposeliseos.org/articulos-de-los-grupos-de-escritura/